En este mundo de locura liberal.. todo lo que sea degradación.. decadencia..degeneración o envilecimiento en el hombre esta permitido y es fomentado...pero el verdadero pensamiento independiente que se salga de lo que dicta el sistema.. es severamente penado por todas las cortes del mundo...el "delito de opinión" es el peor crimen que se puede cometer en este mundo de pensamiento totalitario...Oder

jueves, 31 de marzo de 2016

El Problema del Idealismo Revolucionario




Los pensadores pre-fascistas y fascistas se preguntaban qué diferencia podía existir, en términos morales, entre ser explotado por un capitalista contemporáneo y ser instrumentalizado de facto por los futuros beneficiarios de la revolución, para los cuales quienes han muerto por ellos son meras cosas que les resultaron muy útiles y gracias a las cuales pudieron llegar a ser felices. 

A los ojos de los fascistas resultaba claro que lo moralmente superior, la pauta de conducta idealista no podía estar al servicio de lo moralmente inferior, la pauta de conducta materialista, y que el hombre heroico, el revolucionario de vocación, debía ser considerado, a efectos éticos y axiológicos, más valioso que el "último hombre" (Nietzsche) del modo de producción comunista. 

Los socialistas que han leído a Nietzsche después de Marx no pueden sino experimentar una auténtica repugnancia hacia las proclamas que, en nombre de la felicidad del mayor número, de la justicia y hasta del amor, incitan a la violencia política, al exterminio del adversario político y, en definitiva, a un baño de sangre que se legitima a base de una retórica sobre los imaginarios bellos ideales comunistas de paz universal.


El fascismo, razonando y no entregándose, como pretende Camus, a lo irracional, invertirá los términos: el héroe no puede ser utilizado como un medio en provecho del hombre-masa, es decir, del afortunado parásito del final de la Historia. Antes bien, el revolucionario dispuesto a morir por sus ideales encarna, frente al último hombre, un valor en sí mismo, porque representa la más alta expresión de la Humanidad hasta ahora conocida. 

Si el héroe se sacrifica por algo, será por un ser que lo trascienda en la escala ética, y esa figura no se corresponde ni con Dios (ideario de la Derecha) ni con el energúmeno consumista actual que Nietzsche calificara proféticamente de último hombre, sino con el Übermensch. Esta palabra alemana se traduce habitualmente por "superhombre", pero en realidad hay que entender el Übermensch no como un vulgar "superman"sino como la figura mítica que encarna el salto evolutivo de la especie humana hacia otra figura histórico-colectiva del más alto rango ético. Una figura en que las potencialidades espirituales del hombre se hayan desarrollado al máximo.


Son, por tanto, las contradicciones lógico-morales del socialismo marxista las que conducen al socialismo fascista. Se puede seguir todo el proceso, y con ello queda refutada la imputación de irracionalismo. Ahora bien, será necesario analizar en el interior del marxismo, con cierto detalle, dichas aporías y cortocircuitos intelectuales, para entender por qué Benito Mussolini, el dirigente socialista más importante de Italia, se decidió a fundar el fascismo. La aportación teórica del ideólogo pre-fascista Georges Sorel tendrá un carácter decisivo.

Naturaleza Despiadada del Materialismo Comunista


Basta echar una ojeada a la ideología del comunismo moderno, que es el marxismo, para darse cuenta de que éste también condena al dolor y a la muerte a una gran parte de la Humanidad, la cual, de forma necesaria, debe perecer según los teóricos comunistas para que al final de la Historia un grupo de privilegiados disfruten de todos los placeres concebibles en una sociedad plenamente materialista.


Aquí se plantean dos cuestiones:


a) Las etapas históricas por las que, según el marxismo, la sociedad debe pasar de forma necesaria para culminar en el denominado "modo de producción comunista", es decir, en la realización de una utopía de carácter puramente material, hedonista y eudemonista, placer y felicidad como valores supremos..


b) la exigencia ética de sacrificio y dolor que se impone a otras personas para que tal sociedad futura sin sacrificio ni dolor llegue a realizarse algún día.


Por lo que respecta a la primera cuestión, quisiera recordar aquí un texto de Marx en el que critica un programa político de su tiempo por el hecho de condenar el trabajo infantil. Este revelador fragmento pone en evidencia el despiadado esquema de exterminio que subyace de forma ineluctable a los "bonitos" ideales comunistas. En efecto, Marx considera que el trabajo infantil es necesario para el desarrollo de la sociedad capitalista, cuya plena madurez constituye el requisito a los efectos de transitar hacia la siguiente etapa de la evolución histórica, el "progreso", a saber, el socialismo y, finalmente, el comunismo.


Marx se sorprende de que no lo hayan entendido algunos bondadosos humanistas de su época: el capitalismo, para Marx, debe existir, igual que era menester que existiera el "modo de producción esclavista" en la Antigüedad. 

Los esclavos que, liderados por Espartaco, se rebelaron contra Roma, estaban equivocados, porque su ideal era puramente romántico, representaba ese "buenismo" inconsecuente con el que se intenta justificar propagandísticamente el comunismo ante las masas pero que Marx, de forma brutal, rechaza y condena en sus textos teóricos más esotéricos:


Prohibición del trabajo infantil.
Aquí era absolutamente necesario señalar el límite de edad. La prohibición general del trabajo infantil es incompatible con la existencia de una gran industria y es, por tanto, un piadoso deseo, pero nada más. El poner en práctica esta prohibición suponiendo que fuese factible sería reaccionario


Marx muestra su desprecio por el Derecho y las pautas de conducta éticas en otro texto donde eleva la anécdota anterior a categoría general de actuación revolucionaria ideológicamente sancionada:


Mostrar que era un crimen intentar, por un lado, imponer otra vez en nuestro Partido, como si se tratara de dogmas, ideas que en un período tuvieron algún significado pero que hoy son obsoleto desecho verbal, mientras, por otro lado, volvemos a pervertir la perspectiva realista, que tanto esfuerzo costó instilar en el Partido y que hoy ha encontrado en él su espacio, con el absurdo ideológico sobre derecho y otras basuras, tan comunes entre los demócratas y entre los socialistas franceses.


Esta perspectiva realista a la que apela Marx es la que llevará a algunos socialistas, como Mussolini, a fundar el fascismo. Porque, en efecto, las contradicciones éticas en las que incurre el marxismo son flagrantes.Desde una posición materialista, no se le puede exigir a nadie que se sacrifique por el futuro de la Humanidad. 

La construcción del modo de producción comunista supone, en efecto, no sólo que una parte de esa misma Humanidad haya de ser explotada por los capitalistas, los señores feudales y los esclavistas, sino que, además, se le reclama al trabajador que adopte pautas de conducta heroicas, no materialistas, idealistas, a fin de ver realizado un modelo utópico que, por su parte, pondrá fin a todo idealismo, a todo heroísmo, etc., en beneficio del simple bienestar de las masas.

martes, 29 de marzo de 2016

D. José Ortega y Gasset, 2 de diciembre de 1909.



Yo no sé si esto os extraña: a vosotros se os ha enseñado que la fórmula central del socialismo es la lucha de clases. Por ello yo no estoy afiliado a vuestro partido, aún siendo mi corazón hermano del vuestro. Sólo un adjetivo nos separa: vosotros, sois socialistas marxistas; yo, no soy marxista.


D. José Ortega y Gasset, conferencia impartida en la Casa del Partido Socialista de Madrid, el día 2 de diciembre de 1909.

Voy a hablar de lo que tengo sobre el corazón, salga como saliere. Advierto que no soy orador: pero a nadie mejor que a jóvenes socialistas me parece grato ofrecer esta doncellez de mi palabra. Se me ha invitado a dar una conferencia anticlerical y sobre esto tengo que hacer alguna leve observación:


 !Vivimos en una época negativa española. Todos somos antialgo¡. 

Cada cual parece esforzarse en delinear su fisionomía intelectual, su postura política por medio de la negación del vecino: yo soy lo contrario que mi vecino. Bien, pero esto es una pura negación: y una negación no es nada. Con decir que una cosa no es blanca nos quedamos sin saber que es la cosa. Yo soy lo contrario de mi vecino: pero mi vecino, ¿qué es? Es lo contrario que yo. Como veis, siendo antialgo no se llega nunca a ser algo. 

Con marcar nuestras diferencias no logramos nada: un famoso filósofo observaba que las diferencias son sólo los límites de las cosas, no las cosas mismas. Yo creo que un hombre que fuera propietario de todas las lindes que separan unas de otras las haciendas rurales de España, no sacaría de su posesión rentas suficientes para pagarse siquiera el tabaco.

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El hecho de haber aceptado tomar parte en estas conferencias es la más plena aprobación que puedo dar de su sentido. Está bien, pues, que seamos anti-clericales pero yo os hago notar que a su vez los clericales carecen de contenido positivo: los clericales son los anti-masones, los anti-socialistas, los anti-científicos, los anti-morales, los anti-demócratas, los anti-nosotros. 

El clericalismo, señalándonos, dice: Voilà l´ennemi. Con decir anticlericales decimos, pues, solamente que somos enemigos de nuestros enemigos. Y esto es demasiado evidente para que con ello adelantemos mucho.

Quisiera acentuar, aun aprobando completamente, repito, el sentido de estas conferencias, que de lo que menos debemos preocuparnos es de ser anticlericales o antimonárquicos o antiburgueses: es preciso que antes trabajemos por hacernos nosotros, por enriquecer nuestro espíritu, por hacer poderosa y enérgica nuestra fisionomía. No somos sólo enemigos de nuestros enemigos: sería convertir al mundo en una negación. 

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De esto es de lo que protesto: socialismo, la palabra más grave y noble, la palabra divina del vocabulario moral moderno, no puede significar solo una negación. Perdonad si entro en fervor excesivo, pero es que el socialismo no es para mi un vocablo aprendido, como suelen serlo los términos científicos, no es algo externo a mí y que pueda yo poner o quitar de mi espíritu. 

Para mí, socialismo es la palabra nueva, la palabra de comunión y de comunidad, la palabra eucarística que simboliza todas las virtudes novísimas y fecundas, todas las afirmaciones y todas las construcciones. Para mí, socialismo y humanidad son dos voces sinónimas, son dos gritos varios para una misma y suprema idea , y cuando se pronuncian con vigor y convicción, el Dios se hace carne y habita entre los hombres.

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Para mí, socialismo es cultura. Y cultura es cultivo, construcción. Y cultivo, construcción, son paz. El socialismo es el constructor de la gran paz sobre la tierra. ¿Cómo no he de trabajar para que el socialismo deje de significar principalmente enemistad, negación, lucha? No, no; los socialistas no somos sólo enemigos de nuestros enemigos, no somos un principio de enemistad. Somos, antes que esto y más que esto, amigos de nuestros amigos; tenemos un ideal de ubres inagotables en torno al cual se agrupan, se aúnan comulgan, comunican y se socializan los hombres.

Uno de los grandes olvidados: Ramiro de Maeztu y Whitney.

Fuente: Parálisis Progresiva Hacia otra España, Madrid: Editorial Biblioteca Nueva, 1997, pp. 63 y 64.

Artículo escrito por Ramiro de Maeztu a mediados del año 1897 que lleva por título Parálisis progresiva. El contexto en el lo ubicamos es el de los meses anteriores al Desastre del 98, el cual provocaría una profunda crisis en la conciencia nacional, al menos en los ámbitos intelectuales, anticipada en los años por Unamuno, Ganivet y el propio Maeztu.

De hecho, si extrapolamos adecuadamente estas líneas a la realidad actual, podremos observar no pocas analogías a día de hoy.


Madrid, abril de 1897.

De parálisis progresiva califica El Liberal la enfermedad que padece España, y presiente para lo futuro una convulsión o una parálisis definitiva.

Parálisis… Nos place la palabra. No de otra suerte puede calificarse ese amortiguamiento continuado de la vida colectiva nacional, que ha disuelto virtualmente en veinte años los partidos políticos, haciendo de sus programas entretenido juego de caciques.

Parálisis… Así se explica la espantosa indiferencia del país hacia los negocios públicos…, la abstención del cuerpo electoral…, el desprecio de los lectores de periódico hacia el artículo político…, la sola lectura del telegrama y de la gacetilla, como si roto el cordón umbilical entre la nación y el ciudadano, cuantos fenómenos afecten a aquélla no interesaran a éste de otro modo que la ficticia trama de una comedia al público de un teatro.
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Parálisis intelectual reflejada en las librerías atestadas de volúmenes sin salida, en las cátedras regentadas por ignaros profesores interinos, en los periódicos vacíos de ideas y repletos de frases hechas, escritos por el hampa social que lanza al arroyo la lucha por la vida, en los teatros, donde sólo las estulticias del género chico atraen a un público incapaz de saborear la profundidad de un pensamiento…, parálisis bien simbolizada por esa Biblioteca Nacional en donde sólo encontré ayer a un anciano tomando notas de un libro de cocina de Ángel Muro.

Parálisis moral, evidenciada en esos abonos increíbles para las corridas de toros; parálisis moral que inventa, en tanto se extiende el hambre en las comarcas andaluzas y doscientos mil hermanos nuestros mueren de anemia en climas tropicales, los cigarrillos del Khedive de dos, tres y cinco pesetas cajetilla, para que encuentren modo de gastarse sus rentas los accionistas de la Trasatlántica y del Banco.

Parálisis imaginativa, que ha dado al traste con los entusiasmos y los ensueños de la raza.

Y para esperanza de curación, una juventud universitaria, sin ideas, sin pena ni gloria, tan bien adaptada a este ambiente de profunda depresión, que no parece sino que su alma está en el Limbo; ni siente ni padece.

Pero no tema El Liberal que tan penosa enfermedad se desenlace en horribles convulsiones. Son ya tan hondos sus progresos que se ha llevado, no tan sólo la esperanza, sino hasta el deseo de curar.

España prefiere su carrito de paralítica, llevado atrás y adelante por el vaivén de los sucesos ciegos, al rudo trabajo de rehacer su voluntad y enderezarse.

Para serla agradable, no turbemos su egoísmo de enferma con vanos reproches y aunque la enfermedad acrezca… ¡silencio!… ni una palabra.

Dejémosla dormir; dejémosla morir.

Cuando apunte otra España nueva, ¡enterremos alegremente a la que hoy agoniza!

lunes, 28 de marzo de 2016

A los ojos de Nietzsche,

A los ojos de Nietzsche, el Último Hombre representa el mayor peligro para la Humanidad. Este último hombre pertenece a la inextinguible raza de los piojos. 

Para Nietzsche, en efecto, el hombre no es más que un puente entre el mono y el Superhombre, lo que significa que el hombre y la Historia no tienen sentido más que en la medida en que tienden a una superación y, para hacer eso, no dudan en aceptar su desaparición. 

El Superhombre corresponde a un fin, a un fin dado en cada momento y que quizás es imposible alcanzar; mejor, un fin que, en el instante mismo en que se alcanza, se vuelve a proponer un nuevo horizonte.


Con un siglo de adelanto, Friedrich Nietzsche había previsto todos, o casi todos, los fenómenos que caracterizan nuestra época, como el ascenso de la epidemia neurótica, el auge extraordinario de un arte-espectáculo rebajado a un nivel circense o el comercio de la lujuria. 

La verificación de las profecías nietzscheanas debería despertar a los espíritus, invitarlos a la reflexión. No ha sido así, lo cual es fatal. 

Cuando Nietzsche establecía para las sociedades occidentales un diagnóstico de decadencia, no hacía más que prever el desarrollo normal de la enfermedad. Ahora bien, lo característico de esta enfermedad, la decadencia, es la ceguera que afecta al enfermo acerca de su propio estado. Cuanto más enfermo está, más sano cree estar. Una sociedad decadente es cuanto más avanza hacia el desenlace fatal de su enfermedad.

domingo, 27 de marzo de 2016

Platón comenta en el libro VIII de La República



La perversión de la forma de gobierno siempre empieza en el momento en que una facción interna de la clase gobernante así se lo propone. 

Los oligarcas colocan una suma de dinero mayor o menor, según vaya cerrándose el círculo y finalmente proclaman que ninguna cuota del poder del gobierno está fuera de su control. Después se van cumplimentando sus objetivos por la fuerza de las armas, y es mediante el terror como establecen su nueva forma de gobierno.


Ésta facción va captando mediante propuestas futuras de enriquecimiento al resto de la clase, que aunque es muy reducida resulta imposible de disolver… La palanca de la amenaza oligárquica se apoya en el afán de riquezas que todo hombre posee y por el que son tentados a destruir su forma de gobierno.


El poder dura tanto gracias a la subordinación de las familias nobles a las necesidades de la oligarquía, delimitada por el acorazamiento del status de la primera y de sus descendientes varones obtenido ya en 1297, colaboró a esta situación el continuado uso del terror contra las masas.


Los varones del centenar y medio de familias pertenecientes a la nobleza tenían derecho a sentarse permanentemente en el Gran Concilio. Hasta comienzos del siglo XVI eran aproximadamente dos mil individuos pero luego este número fue menguando poco a poco. 

Las votaciones de las diferentes facciones eran dirigidas por el jefe momentáneo de cada una de ellas. Algunos de ellos eran elegidos para ocupar cargos cruciales en las tareas de gobierno. Los primeros ciento veinte miembros de este consejo, llamados Pregadi, pertenecían al Senado, desde el que se dirigía la política exterior y la elección de embajadores.

El Gran Consiglio elegía a su vez al Consejo de los Cuarenta, encargados de las finanzas y de la elaboración de los presupuestos, aunque con posterioridad se constituyeron en una suerte de fiscalía, encargada de la persecución de los delitos. A su vez eran elegidos otros tres fiscales con capacidad para investigar y enjuiciar a los cargos públicos, aunque el Dogo tenía el privilegio de obligar a la familia, después de la muerte del delincuente, a pagar una suma de dinero en concepto de multa.



El Gran Consiglio elegía al Dogo mismo, de por vida, a través de un complicadísimo método de procedencia bizantina, empleado para asegurar que el designado representase a los electores. Primero treinta miembros del Gran Consiglio eran elegidos al azar utilizando unas bolas coloreadas que los venecianos denominabanballot. Estos treinta elegidos empleando una especie de nuevo sorteo elegían a un grupo de otros cuarenta electores, quienes a su vez formaban nuevos electores constituidos en grupos de doce miembros.

Este procedimiento se repetía varias veces hasta que finalmente terminaba en un grupo de cuarenta y un electores, de los cuales veinticinco acababan proponiendo una nominación a Dogo que posteriormente era aprobada por el Gran Consiglio. Un proceso igual de complicado se utilizaba para elegir a los Savi Grandi, los seis consejeros y supervisores privados del Dogo.


La más peculiar de las instituciones venecianas era el Consejo de los Diez, Consiglio dei Dieci, establecido en 1310, con la misión de coordinar las operaciones de inteligencia en los ámbitos exterior e interior. Reunidos en sesiones secretas con el Dogo y sus seis asesores, los Diez contaban con el poder de dictar actas contra cualquier persona o grupo de personas, tanto en la jurisdicción de Venecia como fuera de ella. El perseguido era estrangulado y esa misma noche su cuerpo era arrojado al Canale Degli Orfani.


Los Diez tenían a su disposición una vasta red de inteligencia tanto en el extranjero como en el interior de la mismísima Venecia. Disponían de tales recursos que eran capaces de penetrar cualquier conversación entre nobles y ciudadanos de tal modo que con frecuencia, su contenido era conocido por Los Diez en menos de veinticuatro horas gracias a la ubicuidad de sus informadores y espías.

Aun hoy quienes visiten el Palacio del Dogo pueden ver unos buzones en forma de León con la inscripción Per denontie segrete, para que cualquiera pudiese denunciar anónimamente ante la monstruosa burocracia de Los Diez, a aquellos individuos que estuviesen cometiendo delitos contra las arcas públicas o violando la Ley. Contra las sentencias de muerte de Los Diez, no cabía recurso alguno y sus deliberaciones y sentencias nunca se hacían públicas. Los acusados simplemente desaparecían.


Teología política





Todos los conceptos centrales de la moderna teoría del Estado son conceptos teológicos secularizados. Lo cual es cierto no sólo por razón de su evolución histórica, en cuanto fueron transferidos de la teología a la teoría del Estado, convirtiéndose, por ejemplo, el Dios omnipotente en el legislador todopoderoso, sino también por razón de su estructura sistemática, cuyo conocimiento es imprescindible para la consideración sociológica de estos conceptos. 

El estado de excepción tiene en la jurisprudencia análoga significación que el milagro en la teología. Sólo teniendo conciencia de esa analogía se llega a conocer la evolución de las ideas filosófico-políticas en los últimos siglos. 

Porque la idea del moderno Estado de derecho se afirmó a la par que el deísmo, con una teología y una metafísica que destierran del mundo el milagro y no admiten la violación con carácter excepcional de las leyes naturales implícita en el concepto de milagro y producido por intervención directa, como tampoco admiten la intervención directa del soberano en el orden jurídico vigente. 

El racionalismo de la época de la Ilustración no admite el caso excepcional en ninguna de sus formas. Por eso la convicción teísta de los escritores conservadores de la contrarrevolución pudo hacer el ensayo de fortalecer ideológicamente la soberanía personal del monarca con analogías sacadas de la teología teísta.



Carl Schmitt


Jurista y politólogo alemán, nacido en una familia pequeñoburguesa y católica instalada en un entorno rural y protestante. Estudia Derecho en Berlín, Múnich y Estrasburgo doctorándose en 1910 con el trabajo Über Schuld und Schuldarten Sobre la culpa y sus formas. 

En 1919 accede a su primer trabajo como docente en una Escuela de Comercio de Múnich, ciudad desde la que había contemplado el desplome del II Reich, el exilio de los Wittelsbach, casa real bávara, la proclamación de la República de Weimar y del Consejo de Baviera, acontecimientos que sin duda influyeron mucho en su obra Die Diktatur, La dictadura en 1921.

Fuente: circulo-identitario-nietzsche.