En este mundo de locura liberal.. todo lo que sea degradación.. decadencia..degeneración o envilecimiento en el hombre esta permitido y es fomentado...pero el verdadero pensamiento independiente que se salga de lo que dicta el sistema.. es severamente penado por todas las cortes del mundo...el "delito de opinión" es el peor crimen que se puede cometer en este mundo de pensamiento totalitario...Oder

sábado, 10 de diciembre de 2016

El mejorador de la humanidad..Nietzsche


Autor: Friedrich Wilhelm Nietzsche.
Libro: Crepúsculo de los ídolos
Capítulo: El mejorador de la humanidad


En todos los tiempos se ha querido "mejorar" a los hombres: esto ante todo es lo que se denomina moral. Pero bajo la misma palabra se encubre la tendencia más divergente de todas. Tanto la domesticación de la bestia humana como la cría de un determinado género humano solo estos terminos zoológicos expresan realidades ... 


Llamar a la domesticación de un animal su "mejoramiento" es para nuestros oídos casi una broma. Quien sabe lo que ocurre en las casas de fieras duda de que allí mismo la bestia sea "mejorada". Se la debilita, se la hace menos dañina, se la vuelve, a través del afecto depresivo del miedo, a través del dolor, a través de heridas, a través del hambre, en una bestia enferma. 

No es diferente con el hombre domesticado, que el sacerdote ha "mejorado". A principios de la edad media, cuando de hecho la Iglesia era ante todo una casa de fieras, se daba caza en todas partes a los más bellos ejemplares de la "bestia rubia", se "mejoraba" a los nobles germanos. 

Pero ¿cómo se veía posteriormente tal germano "mejorado", seducido al monasterio? Como una caricatura de hombre, un engendro: fue convertido en pecador, puesto en una jaula, se le había encerrado entre conceptos manifiestamente terribles... Ahí yacía ahora, enfermo, defectuoso, malévolo hacia sí mismo, lleno de odio hacia los impulsos de vida, lleno de sospecha hacia todo lo que todavía era fuerte y feliz. 


Dicho fisiológicamente: en la lucha con la bestia el hacer enfermar puede ser el único medio para debilitarla. Eso lo entendió la Iglesia: echó a perder al hombre, lo hizo débil,  pero tuvo la intención de haberlo "mejorado"...

domingo, 6 de noviembre de 2016

Nietzsche: Aurora..Pensamientos sobre los prejuicios morales.



La obra de Nietzsche Aurora es considerada como la destrucción de la moral europea enraízada en la cultura burguesa. 
Nietzsche trata de explicar la moral del sufrimiento voluntario. Para ello, recurre al placer de la crueldad, la cual constituye una virtud.

Se dice que una comunidad se fortalece experimentando actos de crueldad, en los cuales se supera el miedo. Es así que la crueldad es una de las más antiguas alegrías de la humanidad. De tal manera que los dioses se animan cuando se les ofrece ciertos actos de crueldad. Además se considera que la idea de sufrimiento voluntario tiene un sentido y valor..

Continuando con la crítica hacia la moral, Nietzsche piensa que la moral embrutece porque hace referencia a experiencias como la santidad, la antigüedad y el carácter incuestionablde las costumbres. 


Con todo ello, se delibera que la moralidad se opone a la formación de nuevas y mejores costumbres, o sea, embrutece. También un aspecto relevante en el que se hace partícipe la moral es cuando no se cumple perfectamente una norma, ya que el hombre es un ser débil y pecador hasta el fondo de su alma y totalmente incapaces para la moralidad. 

Apoyándose de lo ya mencionado, el filósofo considera que el hombre no puede aspirar a la felicidad. Es así que las normas y las promesas morales han sido otorgadas a seres mejores.

En efecto, la moral es la obediencia a las costumbres, cualesquiera que éstas sean, pero las costumbres no son sino la forma convencional de evaluar y actuar. Ante la perspectiva de Nietzsche el hombre libre es concebido como inmoral, porque quiere depender en todo de sí mismo y no de una tradición. 

Por ello se pregunta ¿quién es el hombre más moral? Por un lado, quien cumple la ley más a menudo, y sobre todo quien lleva consigo la conciencia siempre y en cualquier situación, por fugaz que sea, hasta el punto de que su espíritu se las ingenia constantemente para descubrir nuevas ocasiones para cumplir la ley. Por tanto, el hombre más moral es aquel que se concibe como el que se sacrifica más de las veces a las costumbres



De esta manera se enfoca a su realidad mencionando que se están viviendo momentos de inmoralidad. Por tal motivo, el poder de la costumbre se ha debilitado de manera tan sorprendente y el sentido de la moralidad se ha vuelto tan sutil y se ha elevado a una sublimidad tal que casi se podría decir que se ha evaporado.


sábado, 5 de noviembre de 2016

Optimismo es cobardía..Spengler


Spengler, en La Decadencia de Occidente decía:

Si estas doctrinas son "verdaderas" o "falsas" debemos reiterar y enfatizar una pregunta sin significado para la historia política. La refutación de, supongamos, el marxismo, pertenece al reino de la disertación académica y los debates públicos, en los cuales cada uno siempre tiene razón y su oponente siempre está equivocado... El poder que esos ideales abstractos poseen, sin embargo, apenas se extiende en el tiempo más allá de los dos siglos que pertenecen a la política de partidos, y su final se origina no en la refutación sino en el aburrimiento... La creencia en el programa era la señal y la gloria de nuestros abuelos; en nuestros nietos eso será una prueba de provincianismo. En su lugar se está desarrollando ahora mismo la semilla de una nueva resignada piedad, surgida de la conciencia torturada y el hambre espiritual, cuya tarea será fundar un nuevo Lado de Acá que busca secretos en vez de brillantes conceptos, y al final los encontrará en las profundidades de la "segunda religiosidad.Spengler,.




La concepción de Spengler de la Historia ha atraído la crítica de todos los lados. Muchos críticos han cuestionado el elemento de inevitabilidad que es inherente en el modelo de Spengler. Theodor Adorno negó que fuera históricamente necesario seguir el modelo que Spengler describió, y él veía a Spengler como un abogado de la decadencia que describió. Para Adorno, que fue una influencia intelectual clave para las fuerzas de la Nueva Izquierda, Spengler es cómplice de los procesos históricos que él describe, porque rechaza aceptar que el despliegue histórico puede ser cambiado. 

Según el modelo de Spengler, el período de vida de una Cultura está determinado por el imperativo de la lógica interna y por tener una duración limitada.

Para Spengler, ese ciclo de vida probablemente no puede ser extendido, del mismo modo que la vida de un ser humano no puede ser ampliada a 300 años. Como él famosamente escribió, "optimismo es cobardía" en El Hombre y la Técnica. Adorno rechaza aceptar la idea de que hay una decadencia inevitable que no puede ser frenada. 

La fase imperial de Occidente es, de hecho, un descenso voluntario hacia la barbarie y la opresión.

En un mundo de vida brutal y oprimida, la decadencia se convierte en el refugio de una vida potencialmente mejor mediante su renuncia a su lealtad a ésta y a su cultura, su crudeza y su sublimidad. Los impotentes, quienes, según las directrices de Spengler, deben ser hechos a un lado y aniquilados por la Historia, son la encarnación negativa dentro de la negatividad de esa cultura de todo, que promete, aunque débilmente, romper la dictadura de la cultura y acabar con el horror de la Prehistoria. En la protesta de ellos está la única esperanza de que el destino y el poder no tendrán la última palabra. Lo que puede oponerse a la decadencia de Occidente no es una cultura resucitada sino la utopía que está silenciosamente contenida en la imagen de su decadencia.

Otro pensador que niega la inevitabilidad del modelo de Spengler viene del extremo opuesto a Adorno en el espectro político. En su introducción al libro Imperium de Francis P. Yockey, Willis Carto sostuvo que la decadencia última de Occidente puede ser evitada debido a la singular situación tecnológica disponible para Occidente en ese entonces. Específicamente, escribiendo en el alba de la Era espacial, Carto sugiere que la exploración del espacio podría cumplir el imperativo expansivo de la fase cesarista sin causar la debilitante mezcla de razas que sigue al Imperialismo.


Para Carto, es esa mezcla racial la que proporciona la causa orgánica para la decadencia de una Cultura. Todas las Culturas concluyen con una fase universalista e imperialista debido a la lógica interior de su forma de vida. Esto, acepta Carto, no puede y no tiene que ser evitado. Pero, con el advenimiento de la navegación espacial, debería ser posible satisfacer la necesidad interior de la exploración Fáustica evitando la caída mestizada de todas las Culturas anteriores. Carto ve el Destino del Hombre Occidental en la colonización espacial y en la creación de un Imperium inter-estelar.

domingo, 25 de septiembre de 2016

Francis Parker Yockey..Frente de Liberación

Por lo tanto, el Frente de Liberación establece ahora a Europa sus dos grandes tareas:  la expulsión completa de todo lo extranjero del alma y del suelo de Europa, la purificación del alma europea de la escoria del materialismo y el racionalismo del siglo 19 con su dinero-culto, liberal-democracia, la degeneración social, el parlamentarismo, la lucha de clases, el feminismo, el nacionalismo vertical, las finanzas-capitalismo, pequeño-estatismo, el chovinismo, la sífilis ética de Hollywood, y lo espiritual lepra de Nueva York; la construcción del Imperio de Europa y la actualizadora de la voluntad europea emanado divinamente al imperialismo político ilimitado. 

Francis Parker Yockey

jueves, 22 de septiembre de 2016

El Nihilismo: Escritos Póstumos.. Friedrich Nietzsche



El hombre es una multiplicidad de «voluntades de poder», cada una con una multiplicidad de medios de expresión y formas. Las pretendidas «pasiones» singulares, por ejemplo: el hombre es cruel, son tan sólo unidades ficticias en la medida que lo que llega a la conciencia como homogéneo desde los diferentes instintos fundamentales es compuesto conjunta y sintéticamente en un «ser» o «capacidad», en una pasión. Igual que el «alma» misma es una expresión para todos los fenómenos de la conciencia, pero nosotros la interpretamos como la causa de todos esos fenómenos ¡la «autoconciencia» es ficticia!.

• El «yo» ¡que no es idéntico a la dirección unitaria de nuestro ser! es tan sólo una síntesis conceptual. Por tanto no existe ninguna acción por «egoísmo». 

• ¡Pertenecemos al carácter del mundo, sin ninguna duda! ¡No tenemos ningún acceso a él sino a través de nosotros; todo lo elevado y bajo en nosotros tiene que ser comprendido como necesariamente perteneciente a su ser! 

• Las palabras permanecen: ¡Los hombres creen que también sucede lo mismo con los conceptos designados!

• El carácter interpretativo de todo acontecer. No hay ningún suceso en sí. Lo que acontece es un grupo de fenómenos seleccionados y resumidos por un ser interpretador. 

• Negar el mérito, pero hacer lo que está por encima de toda alabanza, incluso por encima de toda comprensión.


• ¡Cuán traidores son todos-los partidos! Sacan a la luz algo de sus líderes que neaso éstos habían escondido con gran cuidado bajo siete llaves.

• Lavados más limpios y más pulcramente vestidos, diestros gimnastas, con un candado en la boca maldiciente, adiestrados en el mutismo, incluso con un autodominio en las cosas de Venus y no, como muy habitualmente, libertinos y depravados desde la infancia: podemos verlos muy pronto «europeizados» en este sentido. 

• Amo el soberbio alborozo de una fiera joven, que juguetea grácilmente y que desgarra mientras juega. 1[193] • El pesimismo moderno es una expresión de la inutilidad del mundo moderno-no del mundo y de la existencia.

• Cada vez más me parece que no somos ni tan chatos ni tan pánfilos para cooperar con esa patriotería de latifundistas de la marca y cantar a coro su grito cretinizante y rabioso de odio «Alemania, Alemania por encima de todo».

• «De frente golpean las águilas». La distinción del alma no estriba en lo más mínimo en la soberbia y orgullosa estupidez con la que ataca-«de frente». 

•Interpretación, no explicación. No hay ningún estado de hecho, todo es fluido, inaprensible, huidizo; lo más duradero todavía son nuestras opiniones. Proyectar sentido en la mayoría de los casos: una nueva interpretación sobre una vieja interpretación devenida incomprensible, pero que ahora es tan sólo un signo.

«Atraer» y «repeler», en un sentido puramente mecánico, es una completa ficción: una palabra. No podemos representarnos un atraer sin una intención. La voluntad de apoderarse de una cosa o de oponerse contra su poder y repelerla, eso sí que lo «comprendemos» y sería una interpretación que podríamos usar. Brevemente: la necesidad psicológica de una creencia en la causalidad estriba en la irrepresentabilidad de un acontecer sin intenciones. Pero con ello naturalmente no se dice nada sobre la verdad o falsedad (justificación) de una tal creencia. La creencia en causae cae con la creencia contra Spinoza y su causalismo. 

• ¿Qué es lo que únicamente puede ser el conocimiento? «Interpretación», no «explicación». 

• Ilusión de que algo sería conocido al tener una fórmula matemática para el acontecer: tan sólo está designado, descrito, ¡nada más! 

• Ironía frente a aquellos que creen que el cristianismo ha sido superado por las modernas ciencias de la naturaleza. Los juicios de valor cristianos no han sido en absoluto superados por ellas. «Cristo en la cruz» es el símbolo más sublime-todavía hoy.

• Pobreza, humildad y castidad.-Ideales peligrosos y difamadores, pero, como los venenos, remedios útiles en ciertas enfermedades, por ejemplo en la época imperial romana. Todos los ideales son peligrosos porque rebajan y estigmatizan lo real, todos son venenos, pero imprescindibles como remedio provisional.

Dejamos de pensar si no queremos hacerlo en la coacción del lenguaje, precisamente por ello todavía llegamos a la duda, al ver aquí un límite como límite. El pensar racional es un interpretar según un esquema que no podemos rechazar. 

• Se tiene que querer vivir los grandes problemas con cuerpo y alma. 

• Todo gran problema es un síntoma: un hombre con una cierta cantidad de fuerza, finura, atrevimiento, con ese peligro, con ese presentimiento, lo ha sacado de sí.

 • El pueblo exige de un filósofo que no mienta, pues cree que sólo los veraces reconocen la verdad.

martes, 20 de septiembre de 2016

La genealogía de la moral..1887..Nietzsche



Esta obra, publicada en 1887, está escrita a modo de ensayo, apartándose con ello Nietzsche del estilo aforístico que caracteriza la mayoría de sus escritos. Fue concebido como uno de los trabajos preparatorios para la transmutación de todos los valores. Está divida en tres partes: la primera se ocupa de la distinción entre "bueno" y "malo"; la segunda analiza la génesis de la "mala conciencia" y conceptos similares; la tercera critica los ideales ascéticos y anuncia el ideal del superhombre. En el fragmento que presentamos a continuación, correspondiente a la segunda parte, nos explica la génesis de la "mala conciencia".



Pero ¿cómo vino al mundo esa otra "cosa sombría", la consciencia de la culpa, toda la "mala conciencia"? -Y con esto volvemos a nuestros genealogistas de la moral. Dicho una vez más -¿o es que todavía no lo he dicho?-: éstos no sirven para nada. Una experiencia propia, meramente "moderna", de cinco palmos de larga; ningún conocimiento, ninguna voluntad de conocer el pasado; y menos aún un instinto histórico, una "segunda visión", necesaria justamente aquí -y, sin embargo, hacer historia de la moral: es obvio que esto tiene que abocar a resultados cuya relación con la verdad es algo más que frágil. 

Esos genealogistas de la moral habidos hasta ahora, ¿se han imaginado, aunque sólo sea de lejos, que, por ejemplo, el capital concepto moral "culpa" procede del muy material concepto "tener deudas" ? ¿O que la pena en cuanto compensación se ha desarrollado completamente al margen de todo presupuesto acerca de la libertad o falta de libertad de la voluntad? -y esto hasta el punto de que, más bien, se necesita siempre un alto grado de humanización para que el animal "hombre" comience a hacer aquellas distinciones, mucho más primitivas, de "intencionado", "negligente", "casual", "imputable", y, sus contrarios, y a tenerlos en cuenta al fijar la pena. 

Ese pensamiento ahora tan corriente y aparentemente tan natural, tan inevitable, que se ha tenido que adelantar para explicar cómo llegó a aparecer en la tierra el sentimiento de la justicia, "el reo merece la pena porque habría podido actuar de otro modo", es de hecho una forma alcanzada muy tardíamente, más aún, una forma refinada del juzgar y razonar humanos; quien la sitúa en los comienzos, yerra toscamente sobre la psicología de la humanidad más antigua. 

Durante el más largo tiempo de la historia humana se impusieron penas no porque al malhechor se le hiciese responsable de su acción, es decir, no bajo el presupuesto de que sólo al culpable se le deban imponer penas: -sino, más bien, a la manera como todavía ahora los padres castigan a sus hijos, por cólera de un perjuicio sufrido, la cual se desfoga sobre el causante, -pero esa cólera es mantenida dentro de unos límites y modificada por la idea de que todo perjuicio tiene en alguna parte su equivalente y puede ser realmente compensado, aunque sea con un dolor del causante del perjuicio. ¿De dónde ha sacado su fuerza esta idea antiquísima, profundamente arraigada y tal vez ya imposible de extirpar, la idea de una equivalencia entre perjuicio y dolor? Yo ya lo he adivinado: de la relación contractual entre acreedor y deudor, que es tan antigua como la existencia de "sujetos de derechos" y que, por su parte, remite a las formas básicas de compra, venta, cambio, comercio y tráfico.


Como puede ya esperarse tras lo anteriormente señalado, el representarse esas relaciones contractuales despierta, en todo caso, múltiples sospechas y oposiciones contra la humanidad más antigua, que creó o permitió tales relaciones. Cabalmente es en éstas donde se hacen promesas; cabalmente es en éstas donde se trata de hacer una memoria a quien hace promesas; cabalmente será en ellas, es lícito sospecharlo con malicia, donde habrá un yacimiento de lo duro, de lo cruel, de lo penoso.

El deudor, para infundir confianza en su promesa de restitución, para dar una garantía de la seriedad y la santidad de su promesa, para imponer dentro de sí a su conciencia la restitución como un deber, como una obligación, empeña al acreedor, en virtud de un contrato, y para el caso de que no pague, otra cosa que todavía "posee", otra cosa sobre la que todavía tiene poder, por ejemplo su cuerpo, o su mujer, o su libertad, o también su vida (o, bajo determinados presupuestos religiosos, incluso su bienaventuranza, la salvación de su alma, y, en última instancia, hasta la paz en el sepulcro; así ocurría en Egipto, donde ni siquiera en el sepulcro encontraba el cadáver del deudor reposo ante el acreedor, -de todos modos, precisamente entre los egipcios ese reposo tenía también cierta importancia). 

Pero muy principalmente el acreedor podía irrogar al cuerpo del deudor todo tipo de afrentas y de torturas, por ejemplo cortar de él tanto como pareciese adecuado a la magnitud de la deuda: -y basándose en este punto de vista, muy pronto y en todas partes hubo tasaciones precisas, que en parte se extendían horriblemente hasta los detalles más nimios, tasaciones, legalmente establecidas, de cada uno de los miembros y partes del cuerpo. Yo considero ya como un progreso, como prueba de una concepción jurídica más libre, más amplia en sus cálculos, más romana, el que la legislación romana de las Doce Tablas estableciese que resultaba indiferente el que los acreedores cortasen un poco más o un poco menos en tales casos, si plus minusve secuerunt, ne fraude esto [corten más o menos, no sea fraude]. 

Aclarémonos la lógica de toda esta forma de compensación: es bastante extraña. La equivalencia viene dada por el hecho de que, en lugar de una ventaja directamente equilibrada con el perjuicio (es decir, en lugar de una compensación en dinero, tierra, posesiones de alguna especie), al acreedor se le concede, como restitución y compensación, una especie de sentimiento de bienestar, -el sentimiento de bienestar del hombre a quien le es lícito descargar su poder, sin ningún escrúpulo, sobre un impotente, la voluptuosidad de "faire le mal pour le plaisir de le faire" [de hacer el mal por el placer de hacerlo], el goce causado por la violentación: goce que es estimado tanto más cuanto más hondo y bajo es el nivel en que el acreedor se encuentra en el orden de la sociedad, y que fácilmente puede presentársele como un sabrosísimo bocado, más aún, como gusto anticipado de un rango más alto. Por medio de la "pena" infligida al deudor, el acreedor participa de un derecho de señores: por fin llega también él una vez a experimentar el exaltador sentimiento de serle lícito despreciar y maltratar a un ser como a un "inferior" -o, al menos, en el caso de que la auténtica potestad punitiva, la aplicación de la pena, haya pasado ya a la "autoridad", el verlo despreciado y maltratado. La compensación consiste, pues, en una remisión y en un derecho a la crueldad.


En esta esfera, es decir, en el derecho de las obligaciones es donde tiene su hogar nativo el mundo de los conceptos morales "culpa" (Schuld), "conciencia", "deber", "santidad del deber", -su comienzo, al igual que el comienzo de todas las cosas grandes en la tierra, ha estado salpicado profunda y largamente con sangre. ¿Y no sería lícito añadir que, en el fondo, aquel mundo no ha vuelto a perder nunca del todo un cierto olor a sangre y a tortura? (ni siquiera en el viejo Kant: el imperativo categórico huele a crueldad... )

Ha sido también aquí donde por vez primera se forjó aquel siniestro y tal vez ya indisociable engranaje de las ideas "culpa y sufrimiento". Preguntemos una vez más: ¿en qué medida puede ser el sufrimiento una compensación de "deudas"? En la medida en que hacer-sufrir produce bienestar en sumo grado, en la medida en que el perjudicado cambiaba el daño, así como el desplacer que éste le producía, por un extraordinario contra-goce: el hacer-sufrir, -una auténtica fiesta, algo que, como hemos dicho, era tanto más estimado cuanto más contradecía al rango y a la posición social del acreedor. 

Esto lo hemos dicho como una suposición: pues, prescindiendo de que resulta penoso, es difícil llegar a ver el fondo de tales cosas subterráneas; y quien aquí introduce toscamente el concepto de "venganza", más que facilitarse la visión, se la ha ocultado y oscurecido (-la venganza misma, en efecto, remite cabalmente al mismo problema: "¿cómo puede ser una satisfacción el hacer sufrir?"). Repugna, me parece, a la delicadeza y más aún a la tartufería de los mansos animales domésticos (quiero decir, de los hombres modernos, quiero decir, de nosotros) el representarse con toda energía que la crueldad constituye en alto grado la gran alegría festiva de la humanidad más antigua, e incluso se halla añadida como ingrediente a casi todas sus alegrías; el imaginarse que por otro lado su imperiosa necesidad de crueldad se presenta como algo muy ingenuo, muy inocente, y que aquella humanidad establece por principio que precisamente la "maldad desinteresada" (o, para decirlo con Spinoza, la sympathia malevolens [simpatía malévola]) es una propiedad normal del hombre-: ¡y, por tanto, algo a lo que la conciencia dice sí de todo corazón! 

Un ojo más penetrante podría acaso percibir, aun ahora, bastantes cosas de esa antiquísima y hondísima alegría festiva del hombre; en Más allá del bien y del mal, págs. 117 y ss. (aforismo 197 y ss.), y ya antes en Aurora, págs. 17, 68, 102 (aforismos 18, 77 y 113), yo he apuntado, con dedo cauteloso, hacia la espiritualización y "divinización" siempre crecientes de la crueldad, que atraviesan la historia entera de la cultura superior (y tomadas en un importante sentido incluso la constituyen). 

En todo caso, no hace aún tanto tiempo que no se sabía imaginar bodas principescas ni fiestas populares de gran estilo en que no hubiese ejecuciones, suplicios, o, por ejemplo, un auto de fe, y tampoco una casa noble en que no hubiese seres sobre los que poder descargar sin escrúpulos la propia maldad y las chanzas crueles (-recuérdese, por ejemplo, a Don Quijote en la corte de la duquesa: hoy leemos el Don Quijote entero con un amargo sabor en la boca, casi con una tortura, pero a su autor y a los contemporáneos del mismo les pareceríamos con ello muy extraños, muy oscuros, -con la mejor conciencia ellos lo leían como el más divertido de los libros y se reían con él casi hasta morir). Ver sufrir produce bienestar; hacer sufrir, más bienestar todavía -ésta es una tesis dura, pero es un axioma antiguo, poderoso, humano-demasiado humano, que, por lo demás, acaso suscribirían ya los monos; pues se cuenta que, en la invención de extrañas crueldades, anuncian ya en gran medida al hombre y, por así decirlo, lo "preludian". 

Sin crueldad no hay fiesta: así lo enseña la más antigua, la más larga historia del hombre - ¡y también en la pena hay muchos elementos festivos!-

El ocaso de los Ídolos..1888..Nietzsche

Esta pequeña obra fue escrita por Nietzsche en 1888, en una época que él mismo consideraba la más fecunda de su actividad filosófica. El fragmento que presentamos a continuación, correspondiente al último capítulo, nos ofrece la visión que el propio Nietzsche tiene de su relación con los antiguos, destacando el haber sido el primero en comprender el instinto, rico y desbordante, de los antiguos griegos.


Lo que debo a los antiguos


Yo he sido el primero que, para comprender el antiguo instinto de los griegos, rico y desbordante, haya tomado en serio aquel fenómeno maravilloso que lleva el nombre de Dionisos: sólo es concebible como un exceso de fuerza. Quien, como jakob Burckhardt, que hoy vive en Basilea, sea un profundo conocedor de los griegos, sabrá medir el valor de mi aportación: Burckhardt agregó a su Civilización de los griegos un capítulo correspondiente al fenómeno nombrado. Si se quiere contemplar lo contrario, considérese la casi hilarante pobreza de instinto de los filólogos alemanes confrontados a Dionisos.

El famoso Lobeck por ejemplo -que con la venerable seguridad de un gusano disecado entre libros se introduce en este mundo misterioso de estados de ánimo y se persuade de que es científico por mostrarse ligero y pueril hasta la náusea- con todo el despliegue de su erudición ha hecho saber que todas estas curiosidades están vacías de contenido. 

De hecho, los sacerdotes de estas orgías podrían haber comunicado a los participantes algo no necesariamente desprovisto de valor: que el vino despierta el placer, por ejemplo, o que el hombre, bajo ciertas circunstancias, puede vivir de frutos, o que las plantas florecen en primavera y se marchitan en el otoño. Por lo que se refiere a aquella extraña riqueza de ritos, de símbolos y mitos de origen orgiástico de que se ve materialmente invadido el mundo antiguo, Lobeck encuentra en ella ocasión para mostrarse aún más ingenioso. "Los griegos -dice (Aglophamus, 1, 672) cuando no tenían otra cosa que hacer reían, saltaban o, como quiera que el hombre encuentra también placer en ello, se sentaban, gemían y lloraban. 

Otros acudían más tarde y buscaban algún motivo para este extraño juego; y así surgieron, para explicar aquellos usos, innumerables leyendas y mitos. Por otra parte, se creía qué aquellos gestos burlescos, que se verificaban en los días de fiesta, pertenecían también necesariamente a la solemnidad festiva, y fueron conservados como una parte indispensable del culto." Esto no es más que charlatanería irrelevante; a la especie de los Lobeck no se la puede tomar ni por un momento en serio. 

De un modo completamente diferente nos ocupa el examen del concepto de griego elaborado por Goethe y Winckelman, el cual resulta sin embargo incompatible con aquellos elementos de los que surge el arte dionisíaco: con lo orgánico, con lo orgiástico. De hecho, no dudo de que Goethe haya excluido fundamentalmente tal posibilidad de su concepción del alma griega. En consecuencia, Goethe no entendió a los griegos. Ya que en los misterios dionisíacos en primer lugar, en la psicología del estado dionisíaco se revela el rasgo fundamental del instinto de los griegos: su "voluntad de vivir". ¿Qué es lo que se aseguraba el heleno mediante esos misterios? 

La vida eterna, el eterno retorno de la vida; el futuro consagrado y prometido en lo que pasa y decae; el sí triunfal a la vida por sobre la muerte y el cambio; la verdadera vida como el proceso total del vivir a través de la generación, de los misterios de la sexualidad. Para los griegos era el símbolo sexual el símbolo venerable en sí, el auténtico sentido profundo dentro de toda la religiosidad antigua. Cada detalle en el acto de la generación, del embarazo, del nacimiento, despertaba los sentimientos más elevados y festivos. 

En la enseñanza de los misterios el dolor se santifica: los "dolores de la parturienta" santifican al dolor en general; todo devenir y crecer, todo lo que' garantiza el porvenir tiene por condición el dolor... Para que exista el eterno placer del crear, para que la voluntad de vivir se afirme eternamente, debe existir también eternamente el "dolor de la parturienta"... Todo esto significa la palabra Dionisos: no conozco simbolismo más elevado que este simbolismo griego, el de Dionisos. En él se arraiga el más profundo instinto de la vida, el del futuro de la vida, el de la eternidad de la vida, experimentado religiosamente: el camino mismo a la vida, el alumbramiento, es el camino sagrado... Sólo el cristianismo, con su básico resentimiento hacia la vida, ha hecho de la sexualidad algo impuro: cubrió de mugre el principio, la premisa de nuestra vida...


La psicología de lo orgiástico como un desborde del sentimiento vital y de fuerza, dentro del cual el dolor actúa como estimulante, me dio la clave para mi concepto del sentimiento trágico, que ha sido malentendido tanto por Aristóteles como, en particular, por nuestros pesimistas. La tragedia está tan lejos de probar el pesimismo de los helenos en el sentido de Schopenhauer, que más bien vale como su decisivo rechazo, como la instancia opuesta. 


El afirmar la vida, aun en sus problemas más extraños y duros, la voluntad de vivir que, en sacrificio a sus tipos más altos, se alegra de su propia inagotabilidad, esto lo llamo yo dionisíaco y lo adivino como el puente hacia la psicología del poeta trágico. No para librarse del terror y de la compasión, no para purificarse de un afecto peligroso a través de una vehemente descarga -así lo entendió Aristóteles-: sino para, por sobre el terror y la compasión, ser uno mismo la eterna alegría del devenir -alegría que incluye también la alegría del aniquilamiento... Y de este modo regreso al lugar del que partí una vez; el Origen de la tragedia fue mi primera trasmutación de todos los valores: de este modo regreso al fundamento en el cual se origina mi voluntad y mi poder; yo, último discípulo del Dionisos filósofo; yo, maestro del eterno retorno..